La espectacularización de la vulnerabilidad: límites éticos
Cada vez es más frecuente el fenómeno de la espectacularización de la vulnerabilidad, es decir, la utilización en publicidad, en cine, en televisión, de personas en situación de pobreza y marginalidad. Así ha sucedido en el caso de los niños de la película Slumdog Millionaire, sacados de los suburbios de Bombay, llevados a Hollywood y devueltos a su hábitat; o la mujer británica que, víctima de un cáncer y aprovechando la fama que le dio el programa televisivo Gran Hermano, ha vendido la transmisión de sus últimos días y su funeral. Con fines lucrativos, o no, atentando contra la dignidad personal siempre, lo importante es conseguir lo que se busca: el impacto.
Y la pobreza, la fragilidad, la exclusión, la desgracia impactan porque, de alguna manera, todos estamos en peligro de vulnerabilidad. Se quiere impactar para aumentar las ventas, o conseguir solidaridad de bolsillo o aumentar las audiencias, sin introducir unos mínimos de reflexión sobre las causas coyunturales que coadyuvan en la fragilidad de aquellas personas, ni un mínimo de prudencia sobre cómo los convertimos en objetos de consumo mediático, olvidando su condición de personas. Desde el punto de vista ético podemos hablar, como mínimo, de cuatro cuestiones.
Primera. La vulnerabilidad significa fragilidad, y esta requiere responsabilidad, hacerse cargo de aquello que es débil. Con determinadas maneras de “ayudar” se incrementa el mal de los que ya están mal, atentando contra el principio de no maleficencia. Y el primum non nocere nos recuerda que, incluso en sociedades moralmente plurales, el mal es algo que nadie quiere para sí mismo ni, en coherencia, desearía a ningún otro. El panis et circum en la era mediática tiene otro formato, pero se alimenta de la misma ansia de complacerse en el mal del otro.
Segunda. La responsabilidad es del público: la audiencia, los telespectadores, tiene alguna posibilidad de decir no, de hacer y deshacer. Cabe recordar así, que la audiencia o el público debe tener un nivel de consciencia despierto para darse cuenta de la carga moral de los actos en el nuevo entorno mediático (los valores son los de siempre, es el entorno mediático el único que ha cambiado). Porque si hay telebasura es porque hay expectadores-basureros.
Algunos podrían defender que es desde la libre opción de las personas, los padres de los niños mencionados antes o, autónomamente, la mujer británica, pues son los que firman los contratos. Mucho me temo que no se trata de libre opción. La vulnerabilidad de su situación hace más perdonable sus actos en el deseo de salir de allá. Y sabemos que en tiempos de miseria lo que se busca es la supervivencia, más allá de la vida buena de la que habla la ética. Pero no nos confundamos, el beneficio económico que aquellos puedan conseguir, es al precio de la perversión del que disfruta tratando indignamente, permitiendo la humillación de quien no quiere más que salir de su estado de precariedad.
Tercera. Cabrá recuperar la ética profesional y empresarial: ¿Al servicio de qué empresas están los profesionales? ¿Al servicio de qué o de quién están las empresas? Porque en tiempos de confianza todo se ha de poner en el saco, no solamente el dinero. El amor a la profesión, la legitimidad de las misiones empresariales tienen mucho que hacer: porque quien hace telebasura es basura.
Y cuarta. Se incurre en falacias mercantilista y legalista, pretendiendo legitimar esta espectacularización, este trato denigrante, afirmando que es legal o que el mercado lo permite (¡a veces llegamos a decir que lo pide!), porque tanto la ley como el mercado son subsidiarios, en cuestión de legitimidad, de la dimensión ética.
Es claro que se necesita educación, es la gran herramienta; pero esta es lenta y no siempre constituye un antídoto contra el mal porque somos libres de obrar, y de obrar mal. Es claro que se necesitará también más regulación profesional y del sector empresarial y mediático, como ya lo hace el Consejo Catalán Audiovisual, porque se ha terminado el tiempo de la inocencia. Se supone que el ciudadano o el consumidor, el profesional y las empresas tendrán escrúpulos morales a la hora de hacer y consumir algo, que se autocontrolarán desde la propia consciencia y responsabilidad. Así dicen algunos que cada uno se autoregule voluntariamente, antes que a golpes de censura o prohibiciones que, ciertamente, al prohibir o censurar, incentivan aquello que pretenden evitar. Pero mientras llega todo lo mencionado arriba, la legislación y el repudio social también podrán dar una mano, porque la justicia y la solidaridad no siempre pueden esperar.











6 comentarios:
Muchas veces se disfraza esto de "querer dar a conocer a la gente la miseria humana para la toma de conciencia". No es para tanto, ya que solamente se trata de un ejercicio de morbo para la gente que especta estos programas con un plato de palomitas de maiz en la mano. Es claro que solamente se trata de un vil negocio que consiste en el manejo del famoso rating. Pero, como dices, hay basura mientras haya gente que se la coma. Lamentablemente hay muchos ejemplos de programas oleaginosos que gozan de una muy buena salud gracias a los niveles de audiencia. Y que, para variar, hacen lobbis para destruir gente que trata de combatirlos y que la gente tome conciencia. Laura Bozzo y Magaly Medina son claros ejemplos. Un abrazo.
Existe la hipocresía de utilizar el drama íntimo de la gente con fines meramente especulativos, es decir para sacar provecho económico. Vergonzante.
Muy interesante este tema de las responsabilidades.
Tradicionalmente se ha considerado el consumo como alienante (influencia marxista), de hecho grandes intelectuales han llenado discursos con esta idea como base.
Los "liberales" siempre han defendido la autoregulación del mercado. Mercado que esta compuesto en última instancia por individuos.
Sin embargo estos liberales nunca han creido en la autoregulación de los individuos en otros temas, especialmente si hablamos de valores y moral.
De donde deduzco que ellos, al igual que la vertiente marxista, tampoco creen en la autoregulacióon individual.
No creo que sea realista defender la posibilidad de que cada individuo actue libremente sin normas ni leyes y que el mundo funcione. Pero si es de RESPONSABILIDAD de lo que hablamos, somos los individuos los que hacemos del mundo lo que es, aunque siempre le pasemos la culpa a esa "cosa" llamada sociedad, que nadie sabe hasta donde llega ni quien la compone o dirige.
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