jueves, noviembre 30, 2006

Consumo lo que deseo

Parece cierta la afirmación del título. Una de las “libertades”, ofrecida por la manera en que se organiza la sociedad, es la de comprar aquello que uno desea.

Pero, ¿verdaderamente decidimos lo que consumimos? No pretendo ocuparme de las estratagemas que nos hacen comprar aquello que la publicidad presenta como bueno, saludable o placentero. Lo que sí me interesa son las condiciones que permiten consumir.

Una constatación es obligatoria, consume solamente aquel que tiene los recursos económicos que le permitan comprar aquello que desea. Esta es la medida, la limitación del consumo. Puedes desear lo que quieras, legítima o ilegítimamente, pero te engañas si crees que puedes consumir todo lo que deseas.

Y la solución no pasa por conseguir una sociedad en la que todos consumamos a discreción. Afirmar esto, sería sostener que nuestra mayor aspiración como seres humanos se queda en el consumir. Y creo, que somos más que eso.

miércoles, noviembre 29, 2006

¿Por qué consumo?

La pregunta del título merece ser contestada con calma, si antes habíamos sugerido que se debe prestar atención a nuestros actos de consumir, no menos atención debemos poner a la motivación que nos lleva a consumir.

Dejemos de lado el consumo destinado a cubrir verdaderas necesidades, y ocupémonos del consumo de aquello superfluo. Sabiendo que con frecuencia tenemos ambas cosas confundidas, y afirmamos que nuestra necesidad incluye lo superfluo, así lo vemos y así lo sentimos.

Las motivacion más comun del consumo fútil es la urgencia de identificarse con una persona con éxito. Esto asociado, además, con ciertos parámetros estéticos deseables. Lo que consume un famoso se hace patrón de consumo, y al resto sólo nos queda aspirar lo que éste consume.

Detrás del consumo que sigue las pautas impuestas por la publicidad, se encuentra con demasiada frecuencia una persona, cuya autoestima, depende de la aceptación de los otros, si encima, la aceptación de los otros depende de lo que la persona consume, de aquello que le da apariencia de éxito, podemos entonces cerrar un círculo muy difícil de romper.

Si nos hacemos capaces de reconocer este patrón de comportamiento, en cada uno de nosotros, entonces podemos estar en condiciones de salir del círculo del consumo banal.

No es lo que consumimos lo que nos hace dignos, no es parecernos a X ó Z , lo que nos hace merecedores de respeto, porque el éxito no es la medida del valor de las personas. El valor de cada uno de nosotros no puede compararse al precio que se paga por cualquier producto, por muy costoso que sea. La persona tiene dignidad y no precio, como bien afirmó Kant.

lunes, noviembre 27, 2006

Pienso, luego consumo

¿Cuál puede ser la medida del consumo? Es una pregunta que podemos hacernos, y cuya sinceridad no pongo en duda, pero que no basta. Pues, es muy probable que estemos buscando una respuesta rápida y tranquilizadora. Un pequeño “masaje” a la conciencia.

Cuando tenemos la sospecha de que algo no está bien, solemos perseguir una manera fácil que nos indique cómo actuar. Así, no es extraño que se confunda religión con moral, o derecho con moral. Los preceptos religiosos y legales han sido, por muchos siglos, también preceptos morales. Es decir parámetros de bien y de mal.

Ciertamente, se prefiere una regla sencilla, con un procedimiento fácil de aplicar. El más simple es, por supuesto, que alguna figura con autoridad prescriba lo que es bueno y lo que es malo. Quisiéramos una ley que indique la manera de consumir, así nos ahorraríamos un proceso que obliga a mirar para adentro y pensar.

Porque buscar la medida del consumo adecuado necesita una atenta mirada a nuestros actos. Atender a qué compramos y qué relación hay entre lo que compramos y nuestras necesidades reales. Este es el comienzo que puede permitir hacernos responsables por lo que consumimos, y hacerse responsable es parte del hacerse adulto.

Este preguntarse y este pensar respuestas, es un primer paso. Quien no se anime a darlo o quien prefiera pasarlo por alto, tiene al menos una seguridad: la de mantener a su conciencia infantilizada.

domingo, noviembre 26, 2006

Sociedad de consumo

Parecen interesantes , hasta admirables, las voces que múltiplican críticas a esta sociedad, bajo el cargo de consumismo. Se acusa, se juzga y se condena, en una secuencia que rara vez pasa de ser un sermón más.

Pero creo que estas voces, a las que nos sumamos con facilidad, tienen una falencia cuando generalizan. Sería mejor intentar definir qué es lo que se consume y la razón de por qué se consume. Tarea que no se impone sino a nivel personal.

Todos, absolutamente todos, consumimos. Nuestra supervivencia está en ello. Pero no todos consumimos igual, ni por las mismas razones.

Por tanto, sería útil determinar qué es lo que consumimos, cuánto va más allá de una verdadera necesidad, y por qué lo consumimos. En suma, lo que se consume, lo que se consume por demás, y la razón de este consumir en exceso.

jueves, noviembre 23, 2006

Un punto de vista

Siempre que descubrimos un nuevo sitio, desde dónde mirar un paisaje conocido; nos damos cuenta que éste adquiere una nueva apariencia. En nuestras vidas, el humor cumple una función semejante. En temas serios, pone distancia y nos permite relativizar. Ver mejor.

Parece casi imposible poner un toque de humor a la muerte, a la manera de enfrentar nuestra propia muerte. Suena contradictorio y no obstante, puede ser provechoso. Enseñarnos una nueva perspectiva para mirar nuestra vida.

Las cosas que nos pasan, todo lo que vivimos, no son sólo asuntos serios y tristes. Ahí es donde el carácter definitivo de la muerte, pone al descubierto la condición transitoria de nuestra vida. Preocupaciones personales, a menudo convertidas en absolutas, quedan tan pequeñas cuando se saben efímeras, que sólo pueden arrancarnos una sonrisa.

miércoles, noviembre 22, 2006

La medicina de la vida

Los médicos aprendimos demasiado pronto a ser funcionarios de la vida, olvidando la pluridimensionalidad que tiene este término. Hemos descuidado la vida en sentido integral, y la redujimos a mantener estables las “constantes vitales”.

La muerte nos horroriza. Es la prueba de nuestra limitación, se alza acusadora contra nuestros buenos oficios. Así hemos dejado de emprender una lucha a favor de la vida, para convertirla en sólo una confrontación con la muerte.

En la muerte, o mejor dicho en el proceso de morir, el deber está en evitar el sufrimiento. Y esto no se puede agotar en la dosis de analgésico, tiene que ver con la consideración de las distintas dimensiones de una persona: religiosa, social, cultural y afectiva, por citar algunas.

Morir hoy en día es un proceso que los médicos podemos ayudar a dignificar, valorando la vida como manifestación integral de la persona. Pero no sólo los médicos.

martes, noviembre 21, 2006

La certeza de la muerte

La muerte, a la par que el nacimiento, es el acontecimiento excepcional por antonomasia. Entre estos dos extremos se extiende, como una cuerda tensada, nuestra vida.

Tres rasgos, de los muchos que se le pueden encontrar, hacen de la muerte un evento de repercusión enorme, su carácter inexorable, irreversible e impredecible.

Inexorable en su llegada, en este aspecto su etimología es muy significativa, pues, no importa todo lo que ores, ella llegará. Nada es capaz de detenerla, hasta ahora sólo hemos conseguido el dudoso logro de postergarla.

Irreversible en sus consecuencias. El vacío que deja, puede ser aliviado, pero nunca se podrá suplir o superar definitivamente.

Impredecible en su irrupción, quizás sea el rasgo que más nos preocupa, no conocer la hora ni el día del fin. Todos los demás aspectos los tenemos más o menos asumidos, pero éste nos inquieta y empuja en una huida que no hace otra cosa que acercarnos a ella.

La muerte por ilógica sólo nos proporciona la certeza de que ocurrirá, lo demás resta indescifrable.


Huir de la muerte

La actitud frente a la muerte, a su carácter inevitable, puede expresarse de dos maneras: asumirla como natural o evadirla con temor.

La sociedad actual ha elegido la segunda opción. La muerte, y el dolor que la acompaña, se elude. Se huye de la muerte en una carrera desesperada bajo máscara de vitalismo. Hasta la ancianidad, antes venerada como sinónimo de sabiduría y experiencia, ahora es considerada antesala de la muerte, rechazada y ocultada. El único modelo vigente es el de la juventud, el que parece más alejado de la muerte.

Todo esto, sólo conduce a confusión, pues vivir no es evitar la muerte, es asumirla como natural. Epicuro el filósofo del placer y la vida, aconsejaba que familiarizarse con la muerte era un medio para disfrutar la vida. Al paso que Sócrates, mientras esperaba su ejecución, constató: Los que de verdad filosofan se ejercitan en el morir.

domingo, noviembre 19, 2006

El sentido de la vida en la muerte

Tarde o temprano, la muerte se hace presente y nos toca de cerca. Cuando alguien querido muere, su muerte se convierte en pregunta. Se hace inquietante interpelación por el sentido de nuestras vidas.

Podría desearse la muerte apelando a la decepción o el romanticismo. Incluso el apego a lo sensible y el miedo a la decrepitud, pueden esgrimirse como razones. En cada etapa de nuestras vidas podemos encontrar casi tantos motivos para morir, para matarnos, como para vivir. Y sin embargo, seguimos vivos.

¿Por qué prefiero vivir? Conviene indagar esto de vez en cuando. Y no conformarse con fáciles respuestas, sean teológicas o filosóficas. Siempre será mejor buscar la profundización de la pregunta.

jueves, noviembre 16, 2006

¿Cuánto cuestas, cuánto vales?

Porque no todo vale, no todo sirve, no todo es bueno. Por eso, es que nos reafirmamos en la necesidad de valores, valores que tengan como centro a la persona humana. Porque, es cierto que existen humanos que no son personas, y en cambio hay personas que sí realizan su ser humanos.

Puesto que persona en plenitud es solamente la que considera a los demás, también personas, fines en sí mismas, y actúa en consecuencia; es que sólo en el acto de ser persona que se adquiere plena dignidad.

Si el valor considerado por uno mísmo, a nivel personal, individual, íntimo, como distitnto del social, se reduce a un billete, una moneda o un cheque. Si para uno, los demás sólo son medios para satisfacer necesidades y deseos egoístas. Será porque se ha renunciado a ser persona, y concientemente se ha convertido en el precio con el que es cotizado.

¿Queda sitio para una moral de la felicidad?

Hace tiempo que predomina entre nosotros, una identificación excesiva entre moral y obligación. La moral se expresa característicamente con un "debes hacer", y no con un "quiero hacer".

Moral sigue sonando a confesionario y penitencia. No parece tener ninguna relación con la felicidad, asociada en nuestro imaginario con expresiones del tipo “me gusta”, o con el ahora difundido carpe diem del epicúreo Horacio.

Que la moral invita a la felicidad, es una afirmación aparentemente aventurada. Y sin embargo, la finalidad más deseada de la moral es una vida feliz. Entendiendo que para una vida feliz se necesita forjar un proyecto de vida coherente.

Ser coherente, no es estar apegado a ciertas consignas aprendidas de memoria. Coherente es desplegar tus potencialidades, considerándote a ti mismo como el fin de todas tus acciones y considerando a los demás como fines igual a ti.

Felicidad no es vivir en un paraíso indoloro, al estilo de una antropología Disney, felicidad es convivir con otros seres de carne y hueso, tan falibles y débiles como uno mismo. Es esta la realidad en que nos toca vivir. La única donde podemos llegar a ser felices.

martes, noviembre 14, 2006

Educar en valores

Las teorías éticas y los grandes principios morales suenan bonito, proclamados desde una cátedra o aprovechando algún púlpito. El concepto de bien y el mal, sirve para llenar la boca de quienes, en una forma u otra, nos interesamos en el campo de la moral. Pero cómo traducir esto en una clase con niños, en el cotidiano familiar o en cualquier otro ambiente educativo. Cómo transmitimos valores y qué valores transmitimos. Un ejemplo que me contaron hoy, me dejó pensando que al final no es tan difícil.

Un compañero ayuda en el refuerzo escolar de la parroquia, alla tiene consigo a un niño, de esos que preferirías que le tocaran a otro. Este compañero introdujo hoy un sistema para graficar el comportamiento del niño: por cada acción buena le daba un adhesivo verde, y por cada acción mala, uno rojo. Al final de la clase, el niño tenía dos pegatinas rojas y una verde. Lo malo había ganado, esto entristeció visiblemente al pequeño, que fue sabiamente consolado por su tutor: “no te aflijas, porque en realidad el adhesivo verde, vale tres veces más que el rojo”.

Con demasiada frecuencia equiparamos bien y mal, como si tuvieran la misma magnitud, el mismo valor en términos cuantitativos, cuando en realidad, el bien, los actos buenos, valen mucho más que los malos. Si creemos esto, si transmitimos esto, estaremos empezando a educar en valores. Enseñar el aprecio del bien, al final no es tan difícil si se hace con autenticidad.

lunes, noviembre 13, 2006

Religión en la escuela, un debate pendiente

Ha pasado el momento efervescente de la confrontación entre la Iglesia y el nuevo gobierno, esto permite mirarlo con la cabeza más fría y el corazón menos alborotado.

Sabemos que el conflicto estaba en dos aspectos, uno administrativo y el otro religioso. El administrativo se refería a la intervención por parte del gobierno a las instituciones educativas que son administradas por la Iglesia, la católica y las de otras confesiones. En el plano religioso se trataba de eliminar del plan de estudios la asignatura de religión y sustituirla por ética.

El tema que nos preocupa tiene que ver con la formación en valores, esto es con el debate en torno a la asignatura de Religión. El tema burocrático es secundario y podemos obviarlo.

Pero en el tema religioso, nos hubiera gustado que se aproveche la circunstancia para debatir, a nivel nacional, acerca de los contenidos que tiene la asignatura de religión, por un lado; y de la propuesta asignatura de ética, por el otro. No ha sucedido así, y esta oportunidad se ha perdido.

Esperemos que de manera responsable, todos asumamos la necesidad de encarar el tema de la educación en valores y si debe ser religiosa o no. Esto podemos hacerlo cuando los ánimos no están encendidos, los sectarismos de distinto corte pueden ceder el paso al sentido común.

domingo, noviembre 12, 2006

El defecto de la democracia

El mayor defecto de la democracia, en su aplicación actual, es la de restringir el diálogo a un grupo de “elegidos”: parlamentarios o constituyentes. Entendiendo este diálogo, como el referido al buen gobierno del país.

En el acto de gobernar “en nombre del pueblo”, se debería respetar el interés por su bien. Desgraciadamente, son abundantes los ejemplos de políticos que, una vez en el poder, olvidan esto y adoptan una de dos conductas; se rigen por ambiciones egoístas y nutren las listas de corruptos, o imponen “su” concepto de bien y se convierten en tiranos.

Por ello, podemos ampliar la expresión con que comenzamos este artículo añadiéndole precisión, y decir que el mayor defecto de la democracia está en restringir el diálogo a unos “elegidos” transformados en representantes ilegítimos. En esta ruptura, producida entre los representantes y los representados, está la fuente de esa ilegitimidad.

En el presente de Bolivia, los miembros de la Asamblea Constituyente tienen la tarea fundamental, de darle al país las bases para que el acto de gobernar deje de ser pura arbitrariedad, y que la democracia adquiera sentido en un verdadero diálogo. Más allá de que los signos dados por los asambleístas hasta ahora, hayan ido en sentido contrario.

viernes, noviembre 10, 2006

La necesidad de ser críticos

Si antes intentamos responder a por qué era posible hacer crítica de la moral, lo cual suena bien, pero es insuficiente, puesto que le hace falta un complemento, responder a la pregunta de por qué es necesaria esa crítica, pregunta que mejor formulada sería, porqué necesita, cada uno de nosotros, de la crítica.

La razón esencial es evitar la deshumanización, puesto en otros términos, evitar la barbarie. Prevenir que puedan volver a suceder hechos monstruosos como Auschwitz*, lejos de nosotros en el tiempo y la geografía, pero también las atrocidades cometidas por las dictaduras latinoamericanas. Hechos en los que somos perfectamente capaces de reincidir, lo cual es una constatación lamentable.

Ni Auschwitz, ni el Plan Cóndor, han sido accidentes, ni fruto de personalidades enajenadas. Han sido la lógica consecuencia de pueblos, personas, acostumbrados a obedecer, y que por miedo o comodidad, se han negado a poner en cuestión, la aberración de tales conductas. Así han permitido, que en nombre de “pseudovalores”, se exilie, persiga, asesine o torture.

No se trata de mirar el pasado con rencor, o para lamentarse, se trata de escudriñarlo para descubrir que hoy también corremos el riesgo del fanatismo. Que de muchas maneras se gesta, en nuestra sociedad, el retorno a la barbarie. Por esto, por ser más humanos, es por lo cual, más que poder ser críticos, es urgente que empecemos a serlo.

*Adorno, T. La educación después de Auschwitz

jueves, noviembre 09, 2006

¿Por qué ser críticos?

Las razones pueden ser variadas pero creo que, ante todo, pueden citarse dos que son susceptibles de constatación.

En primer lugar, que la moral se puede equivocar, y de hecho lo hace con frecuencia, de esto puede dar testimonio toda la serie de morales, que a lo largo de la historia, han inculcado valores ahora considerados inaceptables. Baste citar la moral esclavista, imperante en el mundo clásico, o la culpabilización del cuerpo, a cargo de la moral religiosa, vigente desde los primeros siglos de nuestra era, hasta hoy inclusive.

En segundo lugar, porque más allá del antecedente histórico, podemos comprobar hoy mismo, que la moral, en concreto nuestra moral, se muestra insuficiente para responder a nuevos desafíos. Desde la tecnología, por ejemplo, se nos pregunta si todo lo que se puede hacer, se debe hacer, sin que hayamos podido responder adecuadamente.

Debe advertirse, que el ejercicio crítico, debe ser sincero, es decir, partir de uno mismo, pues no sería legítimo, si fuera dirigido, farisaicamente, sólo hacia los demás. Ser crítico es, necesariamente, ser autocrítico, y esto, desgraciadamente, nunca es fácil.

miércoles, noviembre 08, 2006

Dogma, crítica y valor

Dogma es una afirmación, que se niega a ser sometida al juicio de la razón. Son dogmas, pues, toda esa serie de conductas, o valores, cuya única justificación reside en el consabido siempre se ha hecho así. En esta su irracionalidad o anti-racionalidad, es donde reside la posibilidad de convertirse en una fuente de valores inmorales, es decir de morales inmorales.

Al dogma se enfrenta, el ejercicio de la crítica, que es capaz de ponerlo en entredicho, de preguntarle por sus fundamentos. No obstante, para que este ejercicio crítico sea posible, es necesario tomar conciencia de nuestras conductas cotidianas, de los valores que traducen, y luego, preguntarse por su razón de ser. Si la conducta está dispuesta a someterse a este procedimiento, u otra manera de enjuiciarla críticamente, podemos decir que no se trata de un dogma.

Pero, no es suficiente decir que no es un dogma, hace falta un paso más, antes de afirmar su valor, y es preguntarse si esa conducta traduce un valor moral que, en tanto yo lo acepto y deseo para mí, pueda ser aceptado por cualquier otra persona.

La invitación, a reflexionar sobre nuestras costumbres, está hecha, quizás así descubramos que aquel valor, al que le tenemos mayor apego, y que consideramos un bien moral, sea en realidad fruto de una moral inmoral.

martes, noviembre 07, 2006

Cultura como fuente de valores

Bolivia, mi país natal, está pasando por un momento de cierta euforia por lo propio, por lo originario. Del secular desprecio por lo aborigen, o a lo sumo, de su aprovechamiento como curiosidad folclórica, se ha pasado a enaltecer lo originario, como lo mejor. Lo cual no es extraño en esta época posmoderna, heredera, en más de un aspecto, del espíritu romántico del siglo XIX.

Parece que bastara el hecho de haber sido una cultura sojuzgada y despreciada, para que ahora se la considere como la auténtica fuente de valores, estéticos, religiosos y morales.
En la línea de lo apuntado desde el inicio de estos artículos, considero que para una cultura, no es suficiente el ser ancestral, el ser indígena o el ser oprimida, para ser buena.

Que un representante de quienes fueron discriminados, pueda ahora presidir el gobierno, es ciertamente un logro, una conquista en la línea de la universalización de derechos. Pero que el argumento para la transformación del país, sea el asentimiento acrítico de todo lo que está incluido en lo indígena, es inaceptable. La labor que resta es depurar de todo aquello que, en lo que se puede denominar cultura boliviana, no genera valores buenos. El desafío es salir de dogmas y encarar la tarea más propiamente humana, la del autoconocimiento, imposible sin una adecuada dosis de autocrítica.

lunes, noviembre 06, 2006

Valor y valores

Podemos preguntarnos por la necesidad de un valor central, y la pregunta es legítima, pues, puede parecer que es suficiente contar con unas cuantas normas de urbanidad –etiqueta— para orientar nuestros actos.

A la hora de hablar de valor, muchas veces escuchamos que vivimos en una época de falta de valores, yo considero que lo que ocurre, es el fenómeno contrario, pues, en realidad existe una proliferación de valores. Todo es considerado un valor, con la condición de ser preferido, de ajustarse a los gustos o inclinaciones de cada sujeto.

Como si de una época de Rebajas, de valores morales, se tratara, compramos el mismo producto, el bien moral, pagando menos precio.

Aceptar este mercadillo de la moralidad, es una posibilidad, pero no la única, ni la mejor, ni de lejos la más humana. Es imperioso que todo valor, antes de ser asumido o rechazado, pase por el juicio crítico de nuestra razón. Pero no es posible hacer ningún juicio en torno a los valores, sin un referente con el que confrontarlos. De ahí que consideremos la necesidad de un valor central a la hora de hacer ética.

domingo, noviembre 05, 2006

Ética o etiqueta

Con frecuencia escuchamos en la calle un concepto de ética bastante banal. Ejemplo de uno, de los tantos casos, en que vox populi no es vox dei, pues no por difundido o mayoritario, puede aceptarse como correcto.

Y efectivamente, bajo este término cobijamos preferencias personales, gustos o cosas por el estilo. Según esta confusión, sería válido, es decir tendría valor moral, todo comportamiento con tal de reflejar una cierta autenticidad personal, pero que debería cumplir el requisito de no molestar a los demás, de no ser francamente desagradable.

Por esto comparo esta concepción de ética con la de etiqueta, esa serie de normas, muchas de ellas rozando lo cursi en su detalle, pero que tienen el único objetivo de mantener las "formas".
Ética, en cambio, es un concepto más profundo, es una actitud vital, de juicio, de crítica, de constante reflexión, una actitud que en suma tiene por valor central al ser humano, como persona. Hace etiqueta quien aspira a coexistir y no a convivir, en cambio, hace ética quien cree en la ética, es decir quien cree en el ser humano.