El cine me gusta, pero reconozco que no puedo decir que sepa de cine. En general me inclino por el cine pausado, aquel que cuenta una historia. En consecuencia, también debo decir que detesto, o casi, el cine que sólo busca impresionar, generar emociones tan intensas como pasajeras y epidérmicas, ese que ha renunciado a su capacidad reflexiva y estética, pero que está tan difundido y se ha hecho tan presente que se hace necesario recordar de vez en cuando que el cine es, y quiere seguir siendo, un arte además de un entretenimiento.
El director de cine que prefiero es Theo Angelopoulos, griego nacido en 1935, expulsado de la escuela de cine donde inició sus estudios porque desde entonces ya mostraba la poco tolerada vocación de ser auténtico, de ser él mismo. Angelopoulos ha muerto en enero de 2012, hace menos de una semana y quisiera recordarlo un poco.
No puedo describir su cine de una forma técnica apropiada, pero me aventuro a describir unos pocos rasgos. Era un cine de planos largos, que relatan con la imagen en una fotografía cuidada, donde la iluminación que difumina límites y el movimiento contribuye a la introspección. Angelopoulos siempre presentaba al ser humano en viaje, quizás metáfora de nuestro devenir incesante, de nuestra angustiante búsqueda de sentido y que él mismo justificada remitiéndose a su ser griego que lleva en la sangre viajar como el Ulises de Homero. Su escenografía característica carecía de rastros de vida, como de colores intensos, fuera de la vida humana, donde los árboles no tenían hojas y el aire pesaba cargado por una niebla de densidad variable.
Sus películas no hablaban de religión ni de Dios, pero inevitablemente nos ponían ante la pregunta por el absurdo de la vida humana, cuestión cuya respuesta pasa por Dios o lo sagrado, sea para negarlo o afirmarlo, pero que es imposible pasar por alto.
No he visto todas sus películas, pero de las que conozco prefiero “Paisaje en la niebla”, la historia de dos niños que parten en un extraño viaje en busca de su padre, que quizás sea la imagen de quienes buscamos a Dios en una época en que si no lo han matado parecen al menos haberlo hecho callar.
Se ha perdido un grande del cine, Angelopoulos mismo distinguía dos tipos de cine “el de prosa y el de verso”, situándose a sí mismo bajo la estela del segundo haciendo un cine poético
La mirada de Theo Angelopoulos (conferencia en Barcelona)
La mirada de Theo Angelopoulos por ziocarlos
Estar seguro ha sido una preocupación frecuente y repetida a lo largo de la historia. Desde Aristóteles, que tenía la convicción que la seguridad sólo se encontraba al interior de la polis, hasta Hobbes, para quien el Estado debía tener el monopolio de la violencia como la única manera de evitar que los seres humanos, naturalmente agresivos y ambiciosos, termináramos por destruirnos.
La Cumbre de Seguridad Ciudadana de Santa Cruz se ocupa de tan enjundioso tema. Ciertamente sentirse inseguro en nuestras ciudades es cosa común para una buena parte de la población y cuestión que nos inquieta desde hace ya varios años. Pero, si terminamos confundiendo seguridad con pura y simple acción policial, terminaremos rozando la paranoia y no parece el camino más sensato.
El crecimiento de la criminalidad es fruto de una serie de factores que es imposible enumerar y tratar exhaustivamente en este espacio, intentaremos agruparlos, pues, de forma un tanto didáctica en: los que preceden al hecho criminal, aquellos que permiten la ejecución del crimen y finalmente los que vienen después de un delito.
Antes de un delito están las causas sociales y económicas que llevan a una persona a dedicarse a una vida delictuosa. Desde la pura y dura necesidad económica, que en nuestro país viene influenciada por un desempleo patente, aunque las estadísticas oficiales se empeñen en afirmar lo contrario. Para mostrar que el desempleo es mínimo, los técnicos terminan por contar como empleo incluso a los canillitas. Una manera de proveer seguridad ciudadana tiene que ser, por tanto, proveer también de seguridad laboral.
En el cometido mismo del delito, en evitarlo, está el desempeño de la policía como un factor esencial. Hemos visto recientemente, con los casos denunciados y sin sancionar todavía, cómo los llamados a combatir el crimen pueden ser sus principales favorecedores. Sin un cuerpo policial adecuadamente remunerado, cuestión imprescindible, y formado de manera profesional -que ponga énfasis no sólo en su capacidad represiva- será imposible que realmente pueda proteger a la población. Muestra de la incapacidad estatal para garantizar la seguridad de la gente está en la proliferación de los servicios de seguridad privados.
Finalmente, una vez el delito se ha cometido, nuestra obligación como sociedad pasa por castigar adecuadamente la falta según su gravedad, pero además rehabilitar. Esto implica un sistema judicial ágil y un programa penitenciario que permita la reintegración en sociedad de las personas en situación delictiva. Se trata de personas que han cometido delitos, pero que merecen la oportunidad de rehacerse. Nuestro sistema penitenciario, en cambio, favorece la mayor implicación criminal de los reos y no su rehabilitación. No hay mejor escuela de crimen que nuestras cárceles.
Limitar o reprimir el consumo de alcohol, y encima mostrar que este es un problema de los jóvenes, o atribuir todo este complejo problema a las películas o novelas, son muestras de cinismo demagógico o de una gran ignorancia respecto al tema.
No permitamos que se nos distraiga de la verdadera esencia del problema de seguridad ciudadana que es la existencia de un Estado que es débil cuando se trata de proteger al ciudadano pero fuerte y eficaz para proteger los intereses de los gobernantes. La solución, pues, pasará por el fortalecimiento democrático del Estado y el cumplimiento de sus deberes más allá de lo puramente represivo, aunque sea esto último lo que ha terminado por priorizar la citada cumbre.
Publicada originalment como Editorial en INFODECOM






