Medios de Comunicación: ¿quién debe controlarlos?
Las aseveraciones del primer mandatario boliviano, respecto a una necesidad de control a los medios de comunicación, han levantado ronchas. Quizás porque está presente el recuerdo de los regímenes dictatoriales, que censuraron o reprimieron brutalmente a la prensa. Lo importante ahora, sería no politizar el tema, pues, una deliberación interesante podría quedar desvirtuada. Lo que sí deberíamos hacer, hemos hacerlo como sociedad, es reflexionar sobre la ética de los Medios de Comunicación Social (MCS). Dado que, créase o no, los medios también deben dar cuenta de la corrección de sus actos y decisiones.
¿Por qué es importante para la sociedad lo que hacen los Medios de Comunicación? Porque los medios contribuyen a la democracia, permitiendo informar y formar a las personas. La participación democrática de los ciudadanos, con voz y voto, tiene como requisito indispensable la formación de un juicio propio y para esto es condición necesaria tener elementos que forjen criterio.
La ética, respecto a los MCS, se pregunta por su razón de ser y si esa razón es válida, si es correcta. No tiene la misma validez un medio que se proponga, con todas las limitaciones reales, ofrecer información imparcial, que aquel cuyo objetivo, generalmente velado, sea manipular y persuadir en función a grupos de poder económico y político o se circunscriba a ganar dinero.
Se puede resumir la razón de ser de los medios, en una sociedad regida por las reglas de la democracia, en su deber de informar y formar a los ciudadanos, además, claro está, de entretener. En este sentido debería estar la evaluación, interna y externa, de su funcionamiento, fijando parámetros que midan la calidad en función a criterios racionales y no sólo a ratings de audiencia, que sólo evalúan la cantidad y no la calidad de su actividad. Mediciones, las cuantitativas, que por lo demás impulsan la espectacularización de la información, acudiendo a imágenes e historias truculentas con tal de conseguir público.
Creo que es necesaria la regulación de los medios, por la importancia pública de su labor. El punto de partida debe ser la autorregulación, por otro lado necesaria, pero que no es suficiente. La participación de los implicados, el público, en esta regulación es imprescindible, si queremos garantizar, tanto ciudadanos como medios, el cumplimiento del papel en la sociedad de estos últimos.
En este punto surgen dudas, porque un hipotético ente regulador puede convertirse en una dependencia estatal de censura y que responda a intereses políticos. Otro aspecto es relativo a la indudable capacidad de coerción del Estado. En Bolivia, el principal cliente de publicidad en los MCS ha sido y sigue siendo el Estado, que la reparte a los medios con criterios, por ahora, poco claros, lo que ha servido para presionar, en más de un caso, su línea informativa, es así, que un ente regulador, que se halle vinculado al Estado, podría ampliar aun más su influencia.
Considero que una Comisión, formada por notables, en el espíritu de aquella Corte Nacional Electoral de 1991, la que recuperó la confianza en la transparencia de los procesos electorales, podría ser una alternativa eficaz. Un organismo que se encargue de las cuestiones éticas y no jurídicas, dado que son distintas, pues lo que es delito, sea el caso de periodistas o cualquier otra persona, pertenece al ámbito judicial y debe seguir sus procedimientos específicos; en tanto las cuestiones que, siendo legales, son incorrectas desde el punto de vista ético, deben tener un tratamiento diferente. Pero es necesario reconocer lo delicado de su misión, porque deberá navegar entre la Scilla del aspecto empresarial de los medios y el Caribdis de la intervención Estatal.
Una comisión así, esto es como la Corte Electoral, fue una necesidad del sistema político boliviano para no perder legitimidad, la propia supervivencia de los partidos lo exigió. En el caso que tratamos, podría recuperar la credibilidad, ya bastante deteriorada, de los Medios de Comunicación y contribuiría a que estos desempeñen el importante papel que les da razón de ser.















