jueves, noviembre 19, 2009

El problema de la "nueva" gripe


La Dra. Forcades hace una explicación de los aspectos oscuros de esta gripe que ha provocado una epidemia del miedo. Pongo la primera parte del video, tiene 6 en total. Vale la pena tomarse un tiempo y mirarlos.

jueves, agosto 27, 2009

La espectacularización de la vulnerabilidad: límites éticos

Cada vez es más frecuente el fenómeno de la espectacularización de la vulnerabilidad, es decir, la utilización en publicidad, en cine, en televisión, de personas en situación de pobreza y marginalidad. Así ha sucedido en el caso de los niños de la película Slumdog Millionaire, sacados de los suburbios de Bombay, llevados a Hollywood y devueltos a su hábitat; o la mujer británica que, víctima de un cáncer y aprovechando la fama que le dio el programa televisivo Gran Hermano, ha vendido la transmisión de sus últimos días y su funeral. Con fines lucrativos, o no, atentando contra la dignidad personal siempre, lo importante es conseguir lo que se busca: el impacto.

Y la pobreza, la fragilidad, la exclusión, la desgracia impactan porque, de alguna manera, todos estamos en peligro de vulnerabilidad. Se quiere impactar para aumentar las ventas, o conseguir solidaridad de bolsillo o aumentar las audiencias, sin introducir unos mínimos de reflexión sobre las causas coyunturales que coadyuvan en la fragilidad de aquellas personas, ni un mínimo de prudencia sobre cómo los convertimos en objetos de consumo mediático, olvidando su condición de personas. Desde el punto de vista ético podemos hablar, como mínimo, de cuatro cuestiones.

Primera. La vulnerabilidad significa fragilidad, y esta requiere responsabilidad, hacerse cargo de aquello que es débil. Con determinadas maneras de “ayudar” se incrementa el mal de los que ya están mal, atentando contra el principio de no maleficencia. Y el primum non nocere nos recuerda que, incluso en sociedades moralmente plurales, el mal es algo que nadie quiere para sí mismo ni, en coherencia, desearía a ningún otro. El panis et circum en la era mediática tiene otro formato, pero se alimenta de la misma ansia de complacerse en el mal del otro.
Segunda. La responsabilidad es del público: la audiencia, los telespectadores, tiene alguna posibilidad de decir no, de hacer y deshacer. Cabe recordar así, que la audiencia o el público debe tener un nivel de consciencia despierto para darse cuenta de la carga moral de los actos en el nuevo entorno mediático (los valores son los de siempre, es el entorno mediático el único que ha cambiado). Porque si hay telebasura es porque hay expectadores-basureros.
Algunos podrían defender que es desde la libre opción de las personas, los padres de los niños mencionados antes o, autónomamente, la mujer británica, pues son los que firman los contratos. Mucho me temo que no se trata de libre opción. La vulnerabilidad de su situación hace más perdonable sus actos en el deseo de salir de allá. Y sabemos que en tiempos de miseria lo que se busca es la supervivencia, más allá de la vida buena de la que habla la ética. Pero no nos confundamos, el beneficio económico que aquellos puedan conseguir, es al precio de la perversión del que disfruta tratando indignamente, permitiendo la humillación de quien no quiere más que salir de su estado de precariedad.


Tercera. Cabrá recuperar la ética profesional y empresarial: ¿Al servicio de qué empresas están los profesionales? ¿Al servicio de qué o de quién están las empresas? Porque en tiempos de confianza todo se ha de poner en el saco, no solamente el dinero. El amor a la profesión, la legitimidad de las misiones empresariales tienen mucho que hacer: porque quien hace telebasura es basura.

Y cuarta. Se incurre en falacias mercantilista y legalista, pretendiendo legitimar esta espectacularización, este trato denigrante, afirmando que es legal o que el mercado lo permite (¡a veces llegamos a decir que lo pide!), porque tanto la ley como el mercado son subsidiarios, en cuestión de legitimidad, de la dimensión ética.

Es claro que se necesita educación, es la gran herramienta; pero esta es lenta y no siempre constituye un antídoto contra el mal porque somos libres de obrar, y de obrar mal. Es claro que se necesitará también más regulación profesional y del sector empresarial y mediático, como ya lo hace el Consejo Catalán Audiovisual, porque se ha terminado el tiempo de la inocencia. Se supone que el ciudadano o el consumidor, el profesional y las empresas tendrán escrúpulos morales a la hora de hacer y consumir algo, que se autocontrolarán desde la propia consciencia y responsabilidad. Así dicen algunos que cada uno se autoregule voluntariamente, antes que a golpes de censura o prohibiciones que, ciertamente, al prohibir o censurar, incentivan aquello que pretenden evitar. Pero mientras llega todo lo mencionado arriba, la legislación y el repudio social también podrán dar una mano, porque la justicia y la solidaridad no siempre pueden esperar.


Tomado de Universitaties de un artículo de la Dra. Begoña Román M.

domingo, agosto 23, 2009

¿Hay algo más de qué hablar?

La deliberación pública, la que copa los medios de comunicación, así como la más cotidiana y sencilla de las conversaciones personales, parece dominada por lo político.

Es como si nuestra sociedad sonara con una sola, aburrida y repetida nota musical. Casi todos, artistas, intelectuales, literatos, curas, terminan dirigiendo su discurso público al tema y forma de lo político.

Lo político es este tipo de discurso, expresión pública de juicio y opinión argumentada, sobre el Estado, respecto al ejercicio del poder estatal. Y aunque el rol del Estado sea importante y se halle presente en muchos aspectos de la vida social, no lo es todo, no puede serlo todo.

Existen discursos, por discurso me refiero al diálogo o debate, en campos importantes sin que sean políticos. La bioética es un buen ejemplo de un ámbito que no se puede reducir al político. Un área que tiene un sustento científico pero que se alimenta de filosofía, en su vertiente ética, de religión o creencia, de costumbres y miedos, de derechos y deberes, de virtudes e innovaciones y que no puede ni politizarse ni adoptar metodología política para la resolución de los problemas que le tocan.

La bioética es un ejemplo, decía, pero otros campos con discursos propios y que es importante que permanezcan sin contaminación política, son, para mencionar algunos, el arte, la ciencia, la misma religión, la educación, la ecología y tantos otros en los que la vida de la sociedad muestra su riqueza y complejidad.

Cuidado, no afirmo la ingenuidad de que la política sea innecesaria y siempre nociva, sino simplemente que cada ámbito tiene su forma discursiva propia y característica, que asimilar todo a la manera de hacer de la política empobrece la vida de una sociedad y termina por disminuir el rol de los ciudadanos, gran parte de las veces, al de electores o elegidos, como si no hubiera otras alternativas.

(Imagen tomada de Autosuperación)

martes, agosto 18, 2009

Su destino, la cárcel

Condenar, repudiar sin matices, sin peros y de manera indudable es lo único que cabe hacer frente a la cobardía del terrorista. Con el terrorista no es posible siquiera pensar en tolerancia. Y los atentados con sobres bomba en La Paz deben merecer de todos solamente repulsa.

Lo lamentable es que las expresiones de rechazo no hayan sido categóricas. Una buena parte de las declaraciones públicas han ido precedidas de un “pese a que Fidel Surco…”, en tanto otras contenían la ya, desgraciadamente, acostumbrada “es una conspiración contra la vida del presidente”.

Unas y otras son cómplices con el terrorismo. Las primeras porque terminan expresando que los heridos se merecían el atentado. Se culpabiliza a la víctima. Como cuando en un caso de violación se justifica cínicamente al violador por la cortedad en la falda de la agredida. Las segundas son un poco más sutiles, pero terminan cumpliendo la misma función.

Cuando se atribuye móviles políticos a un atentado, entonces termina diciéndose que detrás hay un ideal, una razón que mueve a actuar desesperadamente y que es fruto de la exaltación descontrolada el daño causado. Lo importante entonces no es el delito, sino el móvil del delito y la deliberación pública se establece en torno a las razones políticas.

El crimen, el asesinato o el daño deliberado de las personas pasa a ser anecdótico, una especie de daño colateral. Esto es lo que sucedió y sucede con terrorismos tan brutales como el separatista vasco, al que no le faltan apologistas.


Si un debate político debe establecerse en torno al terrorismo este sólo puede ser para condenarlo y desterrarlo, para mostrar públicamente que detrás de actos crueles solo puede estar una ideología cruel, nada más. Con el terrorista y sus ideas, la discusión ha terminado antes de comenzar.


Por esto es que la condena pública, a la que debe seguirle la investigación policial y la condena efectiva de la justicia, debe ser inequívoca. Nadie que mate personas cruelmente merece más destino que la cárcel. El delincuente no es menos delincuente por ser terrorista, quizás lo sea más.

jueves, julio 30, 2009

Esta enfermedad es importante, el periódico lo dice

Me ha sorprendido la dimensión de catástrofe que ha tomado la cobertura periodística de la actual epidemia de gripe H1N1, pandemia si se quiere usar un término descriptivo más correcto.
El panorama parece apocalíptico, cosa que está totalmente fuera de proporción. Es en ese sentido que me animo a citar algunos datos.
Hay más casos cada año, y con mayor mortalidad, en términos absolutos y proporcionales, debido a la gripe estacional que a la gripe H1N1.
La utilización de los antivirales recomendados parece que sólo disminuye la intensidad y duración de los síntomas, por lo que su indicación está justificada únicamente en los grupos con mayor riesgo de complicaciones (edades extremas, pacientes debilitados o que sufren enfermedades crónicas).
Al igual que la gripe estacional, la H1N1 no requiere atención médica en la absoluta mayoría de los casos.
Simples medidas de higiene o “etiqueta respiratoria” –lavarse las manos, cubrirse la boca y la nariz al estornudar o toser con papel desechable— son medidas que han mostrado eficacia suficiente para prevenir el contagio de la H1N1.
La muerte en pacientes por gripe H1N1 viene a consecuencia de complicaciones graves, que aparecen con mayor riesgo en pacientes que sufren ciertas condiciones debilitantes. Igual que en la gripe estacional. Son estos los casos que merecen hospitalización, tratamiento específico y cuidados especiales.

¿Por qué, entonces, si la gripe estacional es un problema más importante en términos cuantitativos y cualitativos, tiene menor atención que la recibida por esta nueva gripe?
Para el caso de países como Bolivia, ¿no existen problemas de salud más importantes que esta gripe?
¿Es justo utilizar la enormidad de recursos públicos que se está empleando, para combatir una enfermedad que no constituye una amenaza de importancia a la salud de la población?
¿Otros problemas de salud, como la malaria o las enfermedades diarreicas en niños, no merecerían una atención proporcionales de similar magnitud a la otorgada a esta gripe?
La respuesta apunta en el sentido de esa otra terrible enfermedad de nuestra sociedad, la tiranía de la publicidad. No son más importantes los problemas reales, sino los que tienen amplia cobertura mediática que magnifica y distorsiona su real dimensión.
Y los gobiernos se van acostumbrando a dar también respuestas mediáticas, de amplia cobertura periodística. En cuestiones de salud, cuando menos, los problemas merecen ser tratados con datos científicos y la respuesta que se les otorgue, en función a su envergadura, debería adecuada a esos datos y no a la presión publicitaria que tienen. Las decisiones políticas, en salud por lo menos, deben ser decisiones científicas para poder ser además éticamente correctas.


(fotografía tomada de flickr: Christian Javan)

lunes, julio 20, 2009

Cuando recibir regalitos es un dilema moral

“¡AtenciónDoctor! Este es el mejor medicamento para…”, o “¿Recuerda usted el nombre de nuestro producto para el dolor, el mejor de todos?”, son dos de las frases que nos son familiares a los médicos, dado que forman parte de la típica promoción de medicamentos.

Los médicos, por lo menos en Bolivia, recibimos al día, como mínimo, a dos promotores de ventas de la industria farmacéutica, y lo hacemos, además, en el tiempo en que deberíamos estar atendiendo pacientes, para justificado enojo de éstos.

Las visitas de los promotores incluyen la explicación de las bondades de sus productos, acompañadas raramente de datos provenientes de algún estudio científico, pero con bastante frecuencia del regalo de material promocional (por ejemplo, bolígrafos) y, por supuesto, del obsequio de las infaltables muestras médicas. Pero en otras ocasiones la promoción incluye compensaciones directas por la prescripción de un determinado producto, cenas gratis, viajes a congresos o bien, la subvención de oportunidades de formación.

El asunto es el aspecto ético de esta promoción. ¿Influye en la prescripción de determinados productos? ¿Distorsiona la objetividad del médico? ¿Preserva la independencia de juicio que debería respetar la voluntad y capacidad de elegir del paciente? ¿Busca el bien del paciente? Un estudio realizado en Cataluña, España, muestra que la mayoría de los médicos considera que no hay falta ética en recibir regalos o invitaciones inocentes. Pero esta opinión, que me parece ingenua, es sólo uno de los posibles puntos de vista, y uno de los menos imparciales, además.

Si consideramos que la industria farmacéutica es, de todas las grandes industrias, la que más invierte en la promoción de sus productos –24% de sus ventas se destinan a este fin, comparado al 13% que invierte en investigación, o al 15% que la industria cosmética utiliza para promoción— resulta obvio que las actividades de difusión no son inocuas. Tienen el fin de promover ventas, no es hacer el bien a los enfermos su fin primordial.

Cabría plantear un código ético de los profesionales de salud respecto a la industria farmacéutica. Un código ético que como punto de partida incluya la obligación de recetar con el nombre genérico y casi nunca con el nombre comercial. Pero que pudiera responder también a una serie de preguntas sencillas como ejercicio de reflexión acerca de la moralidad de nuestras decisiones como profesionales:

¿Qué pensarían mis pacientes acerca de este regalo? ¿Qué pasaría si la recepción de obsequios se hiciera pública? ¿Cómo me sentiría si esa relación y aceptación de regalos u otros fuera publicada en la prensa? ¿Cuál es el propósito de estosl ofrecimientos de la industria? ¿Qué pensaría yo si mi médico aceptará regalos u otros beneficios, o lo hiciera el médico de mi madre?

Será necesario comenzar por dejar atrás una algo interesada ingeguidad y asumir como real que lo que la industria farmacéutica da nunca es gratis.

-Links de interés sobre el tema:
- Un excelente blog sobre el tema de la industria farmacéutica:
Amor, Humor, Acción
- Acción Internacional por la Salud
-Los crímenes de las grandes compañías farmacéuticas
-Un video sobre el abuso de la prescripción

Blogalaxia Tags:

(fotografía tomada de Weblogs: compromiso social por la ciencia?)

martes, junio 23, 2009

Pueblo vs. ciudadanía

A pesar de que pueblo es un concepto premoderno, es sorprendente comprobar su vitalidad en la esfera de la opinión pública o política, ni siquiera connotados analistas se salvan del uso abusivo del término. Es la voluntad del pueblo, el pueblo es soberano, consulta popular son algunas de las muchas expresiones que oímos o leemos a diario. Preocupante indicador de que nuestra actualidad tenga mucho más rasgos del ancient régime de los que desearíamos.

Pueblo es un término que, por lo menos desde un punto de vista ético, tiene implicaciones reñidas con el concepto de ciudadanía. Mientras ser ciudadano denota ejercicio de derechos, y no es una concesión benévola del gobernante de turno, ser pueblo implica mendigar un favor de alguien que se encuentra en una posición de autoridad mayor que la propia.

La concepción de ciudadanía como distinta a pueblo, por lo tanto, tiene como requisito entender al gobernante o autoridad como servidor público, por esto es preocupante que en el léxico cotidiano de la realidad boliviana, incluso en el que se supone "intelectual", se vaya imponiendo el uso intercambiable de pueblo y ciudadano. Esto traduce el terrible estado en el que se encuentra nuestra autoconcepción más dirigida a sentirnos pueblo, por lo tanto servidumbre, que ciudadanos, sujetos de derechos, capaces de exigirlos y de hacerlos respetar.

La dignidad de las personas necesita, por ello, deshacerse de la pesada herencia que nos hace pensar que el gobernante es un privilegiado. Deberíamos comenzar ya a convencernos que ejercer nuestros derechos lleva implícita la exigencia de reubicar la función de gobierno en la esfera del servicio a la ciudadanía, la que se hace efectiva en la esfera de los derechos, no de los caprichos ni de las dádivas.